Llenar la agenda puede ser una estrategia para no pensar. Mientras estamos ocupados, evitamos preguntas incómodas y emociones difíciles.
La productividad se vuelve una excusa socialmente aceptada para no detenerse. Estar cansado parece más válido que estar perdido.
Pero el movimiento constante no siempre es avance. A veces es solo ruido que tapa lo que necesita ser escuchado.
Detenerse puede dar miedo porque deja espacio al vacío. Sin embargo, ese vacío también puede ser fértil.
Aprender a estar sin hacer es tan importante como saber hacer. No todo se resuelve con actividad.





